dimecres, de gener 02, 2008

Aventuras en Madrid...

Un buen amigo mío me contó la siguiente aventura sufrida hace poco en primera persona:

"La verdad es que los días que pasamos en Madrid me sentaron muy bien. Siempre le gusta a uno estar con sus amigos; en este caso, regresé con la sensación de haber pasado un puente muy bueno, que tampoco sé ahora cómo definir con más precisión pero al que bien me podría referir como uno de esos momentos en los que uno, de encontrarse tan a gusto, está con la sensación de estar soñando despierto, de estar pasando uno de esos momentos en los que se siente un privilegiado de tener las amistades que tiene. Y, en esta ocasión, además, he conocido a gente nueva: he estado unos días con Yolanda, he puesto cara a Txema (ya sabía que estabas ahí, pero no te había conocido personalmente ni había tratado contigo como en estos tres o cuatro días) y también he pasado una noche con Ana, Ainhoa, Edu y Marga. Gracias, Itzíar, por tu hospitalidad y por compartir tus amistades conmigo. Y gracias también, Elena, por haberme hecho sentir la emoción que me entró en el cuerpo al verte aquella noche; para eso sí que no tengo palabras, te lo aseguro.

Por otra parte, podéis preguntar lo que os dé la gana, pero ya adelanto que ni siquiera yo mismo sé muy bien cómo pasó lo que os voy a contar en las próximas líneas...

Me robaron el bolso, pero no tengo ni la menor idea de cómo. Sólo sé que, de repente, me vi sin él, así que deduzco que me quedé dormido en algún banco de la estación y algún amigo de lo ajeno aprovechó para mangarme lo que pudo.

A todo esto, me quedé tan dormido que perdí el primer autobús... y, con él, mi maleta, que unos minutos antes había dejado en el maletero, sin que el sueño me permitiera subirme al autobús ni sacar la maleta a tiempo. "Tampoco hay que dramatizar", me dije de todas formas. "No deja de ser un billete de autobús, así que voy a comprar otro y ya recuperaré mi equipaje cuando llegue a casa".

Después vino algo que, en cierto modo, me preocupó. Abrí los ojos y vi dos cosas: que ya era 10 de diciembre y que mi bolso ya no estaba conmigo. "No puede ser", pensé en ese momento. "Me habré puesto a jugar con el reloj y habré cambiado sin querer la fecha". Segundo autobús perdido en apenas unas horas.

Como sabéis quienes me conocéis de más tiempo, la comida es para mí uno de los aspectos importantes de la vida. En este caso, fue la que me hizo poner los pies en la tierra y empezar a tomar conciencia de lo que me había pasado. Me acerqué a tomar algo al restaurante de la estación: "Esto, como lo del reloj, tampoco puede ser cierto. Cuando he llegado ofrecían paella mixta y pescado en el menú y ahora tienen macarrones 'a la no sé qué' de primero y 'no recuerdo qué plato' de segundo. Algo falla".

Entonces decidí ir, con mi estómago aún vacío, al quiosco de periódicos, pensando que mi reloj podía estar equivocado y los del restaurante podían haber hecho un cambio de última hora. Me dediqué a ver las portadas, sobre todo las fechas. ¿El Mundo Deportivo? Lunes 10 de diciembre. ¿Abc? Lunes 10 de diciembre. ¿El País? Lunes 10 de diciembre. Y así con todos los demás periódicos que les quedaban.

Ya digo que no sé muy bien cómo me pasó todo esto. Por eso, cuando me di cuenta que había transcurrido unas 20 horas conmigo durmiendo, me entró el momento 'susto'. ¿Me habrán dado alguna paliza tan grande que, aunque yo no sienta dolor, me hayan hecho perder la memoria y el sentido de la orientación? La solución, en el espejo del aseo: por suerte, yo estaba perfectamente, con la misma cara que tenía hasta unas horas antes, sin que nadie me la hubiera rajado ni me hubiera puesto ningún ojo morado. Y el resto del cuerpo, otro tanto.

Una vez que llegué a esta conclusión, vino el tiempo de intentar encontrar soluciones: paseo por la estación, preguntas en la consigna ("¿Les ha dejado alguien un bolso negro, tipo bandolera, bla, bla, bla?"), también a los vigilantes jurados y, con la confusión del momento, no recuerdo si llegué a entrar a alguna de las tiendas de la estación. La respuesta, en todo caso, fue la misma en todos los sitios: "No". Tocaba, pues, una visita a la comisaría para poner denuncia, anular las tarjetas de mi caja de ahorros, la del centro comercial donde suelo echar combustible al coche y, en resumen, todas las que impliquen alguna posibilidad de movimientos en mi cuenta. Por la noche, cuando por fin llegué a casa, una de las primeras cosas que hice fue conectarme a internet y acceder a mi cuenta de caja electrónica: mi saldo, por buena suerte, estaba intacto.

Comprobado que lo más importante (billete de vuelta a casa, esta vez el definitivo; mi cuenta con fondos, etc.) lo tenía resuelto, me asaltaron algunas dudas, que os pido me ayudéis a resolver en la medida de lo posible. "Si ni me di cuenta de cómo me robaron el bolso, he perdido dos autobuses y tampoco tengo muy claro cómo me ha ocurrido lo que me ha ocurrido... ¿Habré estado realmente en Madrid con mis amigos pasando el puente?" Una pregunta retórica, de las que ya vienen con respuesta incorporada; obviamente que sí recordaba los buenos ratos que había pasado con vosotros en esos días. Pero las dudas siguieron: "¿Puse en el fondo común los 10 euros que me faltaban el día que fuimos a cenar al restaurante italiano? ¿Le devolví a Montse y/o a Yolanda y/o a Edu el préstamo que me habían hecho durante la juerga posterior que tuve con ellos? ¿Le debo dinero a alguien: a quién, cuánto...?" Y estas cuestiones no tienen, al menos para mí de momento, respuesta. "Bueno, les comentaré lo que me pasa en un correo y que ellos me ayuden a salir de este mar de dudas", proseguí pensando a medida que mis neuronas se iban recuperando del susto. "Y ya de paso", añadí, "les pediré que me pasen su número de cuenta para hacerles un ingreso por lo que corresponda, porque una cosa es deber algún eurillo de nada, pero, tal como veo que están transcurriendo las cosas, no tengo nada claro si debo o no algo a alguien, si lo que debo es mucho o poco o nada..."

Tras esto, turno para otro momento 'comprobación' : "Me están pasando ciertas cosas que no considero normales, así que me quiero asegurar de algo: ¿Dónde estoy? Sentado en el sillón de un autobús. ¿Le he enseñado el billete al conductor o me he colado por todo mi morro? Sí, se lo he enseñado y él me ha dejado pasar sin rechistar, así que debe ser que este autobús va a Granada". De esa forma, así como con las vistas que observaba a través de la ventanilla, llegué a la conclusión de que por fin estaba en el camino correcto y eso, a decir verdad, me tranquilizó más: tampoco era plan de aparecer en la frontera de Irún.

En este contexto, leyendo el periódico que encontré en el autobús, llegó uno de esos instantes (que en mi caso no ocurren prácticamente nunca, para qué nos vamos a engañar) en los que uno piensa que el horóscopo vale para algo, aunque sólo sea para echarle un poco de humor a ciertas situaciones. El mío venía a decir, entre otras cosas, que me iba a ver en la tesitura de tener que tomar ese día importantes decisiones económicas. "¡¡¡Coño!!! Pues lo han clavado", me dije. Y es que, al menos, el 'chori' que había 'tomado prestadas' mis cosas tuvo el detalle de dejarme las gafas que tenía puestas ("Menos mal", pensé. "No me daré farolazos"), las llaves de casa (lo que me evitó tener que molestar a nadie para poder dormir en mi cama) y unos eurillos que llevaba sueltos en uno de los bolsillos. Sólo eran alrededor de 3,5 euros, pero suficiente para comprarme un bocadillo, aunque sólo fuera de sobrasada, y una botella pequeña de agua. De nuevo, la comida hizo acto de presencia, en este caso no sólo para alimentarme, sino también para ayudarme a seguir recuperando la tranquilidad hacia la que ya estaba en camino: "Por lo menos, aunque sólo sea un bocadillo, podré tomar algo antes de llegar a casa y comer en condiciones" . Tampoco era cuestión de entretenerse en llamar a nadie: "Me largo al andén desde el que saldrá mi autobús, que ya he perdido dos y no es cuestión de despistarme y quedarme también sin el tercero. Tiro para adelante con mi bocata de sobrasada".

Y así, tras todas estas aventuras y desventuras, llegué a casa. Si soy deudor de alguien, que por favor se me diga y que también se me pase el número de cuenta al que pueda enviar los euros adeudados o la dirección postal a la que pueda hacer el correspondiente giro. Y que alguien, por la parte que les pueda tocar, reenvíe de mi parte si lo tiene a bien este correo a Edu y a Yolanda. Para terminar, por si acaso las lagunas de memoria van más allá de lo que me pasó en la estación de autobuses, pediros disculpas si en algún momento hice algo de lo que no me acuerde y que os pudiera faltar al respeto o si me comporté de alguna manera impropia... Y, si lo estimas oportuno, Itzíar, les pasas el mensaje también a Txema, Ainhoa, Ana y Marga. Ahora lo cuento y estoy tan tranquilo, pero, cuando empecé a tomar conciencia de toda la historia de la estación, me asusté un poco."